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Esta mañana, al salir a pasear con uno de mis perros, atravesé por vez primera el nuevo puente que construyen junto a casa. Algo tan aparentemente trivial me ha hecho reflexionar pues, acostumbrada a cruzar el antiguo puente y a tener, por tanto, una visión fijada de mi entorno circundante, me llamó la atención poderosamente cómo unos pocos centímetros de más altura y un grado diferente de orientación hacen tan distinto lo que se ve: La perspectiva de Sevilla era otra, la de la A-49 también e incluso la mía, allí sobre el puente era también desconocida. Las sensaciones eran novedosas como cuando vas por primera vez a un sitio y sientes una cierta inseguridad, un cosquilleo ante lo desconocido ¡Y estaba en un lugar donde he vivido y me he movido los últimos treinta y cinco años!. Toda una vida, vamos.
Todavía más curioso me ha resultado lo que he visto desde allí: pequeños gestos de buena voluntad que, a buen seguro, marcarán el día a quienes los han protagonizado.
Nunca antes había visto a tantos conductores ceder el paso a un coche que se inserta en la autovía. Coche si, coche no, iban dejando paso al que trataba de insertarse y, como en una danza, todos tenían su sitio y todos fluían en la corriente de circulación, en la corriente de la vida.
Me dio que pensar en cómo eso influirá en el que recibe el gesto y en el que lo hace. Uno hace un regalo que, a buen seguro será como una cadena, pues el receptor del mismo, más alegre, agradecido, feliz en una palabra, muy probablemente repetirá un gesto de buena voluntad a lo largo de su día: quizás una sonrisa comprensiva a ese cliente torpón y pesado que retiene su atención más de lo necesario, quizás ceder el paso a otro conductor en un cruce en la ciudad, quizás una llamada no de su competencia pero sí necesaria para mejorar un servicio…. Quizás. Y todo porque alguien esta mañana le cedió el paso, apenas una leve pisada al freno, unos centímetros que marcan la diferencia entre entrar en la red o quedarte esperando.
Me pareció hermoso ver esas luces en la semioscuridad del amanecer haciéndose guiños de complicidad y pensé en los muchos pequeños gestos de buena voluntad que ayudan a armonizar el mundo a cada instante, que nos ayudan a armonizarnos, que llevan y llenan de “armonías del mundo” este planeta. Son gestos que llevan la música más sublime, la del corazón, aquella que recorre nuestras venas a cada latido, aquella que nace del sonido integrado y acoplado de nuestros distintos órganos y sistemas, aquella que nace de nuestra respiración pausada y satisfecha cuando nos sentimos felices.
Pequeños grandes gestos de buena voluntad que llenan el mundo a cada instante, como hierbas en un prado verde, dejando su sutil fragancia para que alimentemos de pequeños gestos sanadores nuestro corazón y nuestra vida.
Gracias a esos conductores anónimos por mostrarme el lado amable de la vida hoy, por mostrarme que la buena voluntad existe y que se muestra en cualquier pequeño gesto.
Gracias a todos los que cada día llenáis el mundo de pequeños gestos amables.
Carmen Rodríguez, Máster en PNL, experta en Chi Kung.
Secretaria de Asociación Armonías del Mundo.
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